Los tres Burgundios II

 Introducción histórica:

Ese año de 1078 traía malos tiempos para la corte castellana. El rey Alfonso, el conocido por el Bravo había sufrido una gran derrota en lo más profundo de su ser, había tenido que repudiar a su mujer Inés de Aquitania por no haberle dado un hijo varón, un heredero extremadamente necesario para asentar su soberanía sobre el reino.  Las duras palabras de Don Rodrigo Díaz de Vivar insinuándole su participación en la muerte de su hermano Sancho, el legítimo rey, seguían atormentándole a pesar de la distancia que le había impuesto a él y sus seguidores con el destierro. El Cid era un hombre poderoso, venerado por el pueblo por su valentía ante los almorávides, sus acusaciones podían hacer mella en el resto de los señores y pretender rescatar a su hermano García de la prisión en la que le había recluido y perder los reinos de Galicia, de Castilla y del mismo León, ni siquiera su hermana Urraca podría volver a auxiliarle, como lo hizo con la desaparición de Sancho. Necesitaba ese heredero y una unión fuerte con otro reino que le asegurase la permanencia. Los contactos con la princesa inglesa habían fracasado por la prematura muerte de esta, y no tenía tiempo.

Tal vez fue esta situación imaginaria de premura lo que le llevo a escuchar los consejos del joven duque Enrique de Borgoña y de su tío abuelo el conde de Tolosa, Don Ramón Saintgilles, sobre la posibilidad de unir el reino de Castilla-León con la casa de Borgoña. Recientemente Doña Constanza, hija de Roberto I de Borgoña y nieta del rey de Francia había enviudado. Tenía 35 años, una edad excelente para procrear el ansiado heredero, y un carácter fuerte, muy necesario para apoyar al rey en sus interminables incursiones en terreno enemigo  para reconquistar España. Tanto Don Enrique como Don Ramón llevaban ya tiempo siendo parte de la corte del rey y habiendo demostrado con creces su lealtad y valentía, este les encargó el inicio de las conversaciones para llevar a buen puerto el enlace con Dña. Constanza. Y con ese encargo partieron rumbo a su antigua patria. No fue necesario mucho tiempo para que las negociaciones resultaran satisfactorias, había intereses mutuos entre los dos reinos para la alianza. Desde el mismo corazón de la antigua Burgundia, en Cluny, se maquinaba una conquista aún mayor que la de unos territorios para el reino de Castilla-León, la cristianización de todo el orbe conocido, y España era un punto estratégico. Ya habían conseguido con Fernando I, el abuelo de Alfonso, el mecenazgo para ClunyIII , pero ahora con ese matrimonio podrían hacer más, mucho más, y Constanza se convertiría en la más ferviente protectora de los cambios venideros sugeridos por el Papa Urbano II a través de Hugo, el abad de Cluny y tío de la princesa. Todo iba a quedar en familia.

Se iniciaba asi la entrada de Dñª Constanza y su estirpe, la casa Capeto, en España. Su sequito estaba presto para partir. A la cabeza los dos mensajeros de Alfonso, Don Enrique y Don Ramón; junto a ellos cabalgaba también un primo del primero, el Príncipe Eudes de Borgoña y el hermano de su mujer Sibila, un joven de 28 años con ansias de hacer grandes conquistas como aquellos que le precedían ahora y años a le precedieron, el Conde Raymundo de Borgoña, Hijo de Guillermo I, Duque de Borgoña y descendiente directo de la realeza Burgundia. La protección de la futura reina estaba asegurada con la compañía de estos valientes caballeros; y alguien más, un pequeño grupo de monjes vestidos de negro seguía a la comitiva, que no por ser monjes eran menos letales que los caballeros de la brillante armadura: los canónigos regulares de San Agustín, elegidos cuidadosamente en diferentes monasterios adscritos al Cluny, con las mismas ansias de conseguir los logros de sus antecesores en tierras españolas y que estaban destinados a proteger todas las tierras y “almas” que se les encomendasen.

Dos años tardaron en llegar al matrimonio  Doña Constanza y el Bravo Alfonso, el 8 de Mayo de 1081 prometían fidelidad el uno al otro, aunque a don Alfonso esta promesa no le llego de la misma forma que a su nueva mujer.  Don Alfonso que debía ser inquieto tanto en el trono como en la cama, iba coleccionando batallas contra los almorávides y bellas mujeres en su busca del deseado heredero. No había perdido el tiempo en la espera de la llegada de Constanza y ayuntándose con Doña Ximena Muñiz tuvo dos hijas naturales

Elvira y Teresa, nacidas una en 1079 y la otra en 1083, ambas mujeres de armas tomar como demostrarían a lo largo de su vida en ese mundo de hombres conquistadores y silenciosas mujeres de la edad media. Otra cosa podría ponerse en duda en la dilatada vida de este monarca, pero no asi en que todas sus hijas heredaron el espíritu guerrero y conquistador de su padre, moviéndose exquisitamente en los campos de la diplomacia y los casamientos concertados sin perder un ápice de poder frente a sus maridos. El único hijo varón que tuvo murió demasiado joven, y lo que este no pudo hacer lo consiguieron sus hermanas engrandeciendo el nombre de su padre y su reino.

Pero antes de volver a Constanza no quiero dejar de poner el epitafio que luce el sepulcro de Doña Jimena Muñiz en el monasterio de San Andrés de Espinareda donde está enterrada: (hoy en el museo de León)

"Yo, llamada Jimena-presérveme Dios del castigo-fui amiga del rey D. Alfonso durante su viudez. La opulencia, la hermosura, la nobleza, las prendas, la amena cultura de los modales, me prostituyeron al tálamo del reinante. A mí y al rey juntamente obligáronnos a pagar el mortal tributo los hados implacables, que todo lo pulverizan. De mil y doscientos quita treinta y cuatro, sabrás la era de mi fallecimiento"

 
Regresando a Dña Constanza, no tardó esta en quedarse en cinta, naciendo el 24 de Junio de 1081 Doña Urraca, heredera legitima de su padre al morir su hermano Sancho. Y mientras Dña Constanza, su esposa y Dñª Ximena, su amante, criaban a sus respectivas hijas, Don Alfonso seguía en sus innumerables batallas  junto a los tres Borgoñeses  Don Enrique, Don Ramón y Don Raymundo. Grandes debieron ser las hazañas conseguidas a través de esos brazos valerosos para que el rey Alfonso prometiera  casi a la vez a sus  tres jóvenes hijas que rozaban los  siete-nueve años con estos caballeros que tenían entre 37 y 46 años.
 
Casó a Doña Teresa con Don Enrique Duque de Borgoña , siendo estos los futuros reyes de Portugal y padres de Alfonso I de Portugal.
 
Casó a Doña Elvira con Don Ramón Conde de Saintgilles y Tolosa, que siguiendo a su marido a las cruzadas y “tras la toma de la Ciudad Santa [de Jerusalén], sucedida el 15 de Julio de 1.099, y a pesar de ser elegidos como reyes, rehúsan ocupar el trono de las nuevas tierras conquistadas, por lo que será Godofredo de Bouillón quien tomará el liderazgo de la causa cruzada, asumiendo el título de "Defensor del Santo Sepulcro".
 

Curiosamente, la llegada de la infanta Elvira a Toulouse, coincide con las primeras noticias que tenemos de Caballeros Sanjuanistas en tierras de la Península Ibérica. Saint Gilles será uno de los primeros asentamientos estables de la Orden en Europa, y será el punto de origen de los primeros caballeros que acceden a la Península. Saint Gilles será, además, la sede del Priorato que gobernará las posesiones hospitalarias en España hasta la creación del priorato de Castilla y León en 1.135.”  y como nos dice el autor de esas letras, “No he podido establecer la relación que pudo existir entre la infanta y la llegada de la Orden del Hospital a los reinos de España, pero pienso que ambos hechos deben estar relacionados.”

http://angul0scuro.blogspot.com.es/2006/12/lainfanta-elvira-hija-de-alfonso-vi-de.html

Y casó a Doña Urraca, la futura reina de Castilla con Don Raymundo Conde de Borgoña, de cuya unión nace Alfonso VII, y recibiendo de dote matrimonial el condado de Galicia y siendo estos el nexo que existe entre los tres lugares que en este momento nos traen de cabeza y que nos ha llevado a dar este rodeo histórico (aunque espero que ameno): Burgohondo en Ávila, Bergondo de Galicia y Ochate con su ermita de Burgondo.

 
 
© Rocío Montero Prieto
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