Los Tres Burgundios

(© Rocío Montero Prieto)

Ya han pasado algunos años desde que oí por primera vez el nombre de Ochate. Antonio Arroyo y Julio Corral estaban a punto de publicar un libro sobre este pequeño despoblado de las tierras de Treviño, un lugar que si no fuera por el halo de misterio con que fue revestido por Prudencio Muguruza y su “supuesto” ovni, ni siquiera aparecería en los mapas. La gran amistad que me unía con Antonio me permitió conocer este proyecto con mucha anterioridad, aunque me negué a investigar por mi cuenta sobre la historia de ese pequeño lugar, cuyo único vestigio era una solitaria torre y unas pocas paredes de piedra que obstinadamente desafiaban al paso del tiempo. Esperaba con ansia el nacimiento de un libro que tenia a mi amigo absolutamente enfervorizado y ausente de nuestros grandes debates del pasado.

A través de Ochate conocí también a Julio Corral, e incluso a Enrique Echazarra, construyendo con el primero otra gran amistad que me permitió sentirme parte de esos pequeños-grandes misterios que encierra aún el antiguo Gogate y que es la razón por la cual me permito el lujo de continuar la estela de las investigaciones de estas dos grandes personas, Antonio y Julio, aportando mi granito de arena en esta historia.

A principios de 2007 tenía ya en mis manos el libro, recién salido de imprenta.  Leerlo sólo me llevó una tarde; por una parte estaba el ansia de conocer en qué había invertido tanto tiempo mi amigo, y por otra, la forma amena y clara en la que estaba escrito. Esta fue mi perdición. Desde entonces, la fiebre Ochate se instaló en mí y ha marcado muchos de los mejores momentos de mi vida a lo largo de estos cinco últimos años.

Dos de los capítulos de este libro: “Ochate, Realidad y leyenda del pueblo maldito” me atrajeron más que los demás. Estos fueron: “El significado del nombre” y “La ermita de Burgondo”, tercero y quinto respectivamente, y he invertido horas y horas en continuar una de las hipótesis que Antonio y Julio pusieron sobre la mesa. Me refiero a la pista de los Burgundios, o más concretamente a la figura del Conde Raymundo de Borgoña, poblador de Ávila, venido directamente del corazón de la Borgoña y miembro directo de la antigua realeza Burgundia, esa que se canta en “El anillo de los Nibelungos”.

Y en ello estamos, rebuscando en la historia de tres lugares de España que lucen orgullosamente un nombre muy similar y que esconden esa realeza mítica burgundia tras la cortina del tiempo:

  • Burgonhondo, en Ávila.

  • Bergondo en La Coruña

  • Ermita de Burgondo en Ochate, en la isla treviñesa de Burgos.

Segunda parte