San Vicentejo

La ermita de La Concepción

Enigmática, misteriosa, extraña…

No, no son adjetivos utilizados por alguien que busque cautivar al lector, sino expresiones reales empleadas por historiadores y expertos en arte para definir este pequeño templo de San Vicentejo, la Joya Románica de Treviño. Debido a la escasez de fuentes documentales es poco lo que se conoce sobre su origen, y por ello no es extraño encontrar opiniones diferentes en torno a su pasado. En esta sección trataremos de arrojar algo de luz sobre lo que se sabe y lo que se intuye de este singular edificio que ha merecido, nada menos, las consideraciones de Monumento Nacional y Tesoro Artístico Nacional.

Su entorno:

Según Baraibar, el actual San Vicentejo es el Guzkiano de Suso que en 1025 se nombraba en la Reja de San Millán, en contraposición con Guzkiano de Yuso, que sería el actual pueblo de Uzquiano. Posteriormente figuraría en la Nómina Calagurritana de mediados del XII como San Vicent, pasando a ser conocido más adelante como San Vicente de los Olleros (1758 y 1790) probablemente por la presencia de alfareros. Finalmente derivó en San Vicentejo para ser distinguido de San Vicente de la Sonsierra, en cuya ruta se hallaba. Del mismo modo, la ermita de La Concepción estuvo en su origen dedicada a San Vicente.

El pueblo de San Vicentejo en la actualidad

Ya hemos hablado en otras ocasiones de los caminos medievales que atravesaban Treviño, antiguas rutas de arriería muy transitadas que se ramificaban en un sinfín de caminos de herradura, pasos más directos aptos para caballo que conformaban las carreteras secundarias de la época. San Vicentejo fue un pueblo nacido junto a una calzada tan importante que tenía consideración de Camino Real, fue por ello que el lugar contaba con posada y herrero para dar servicio a los transeúntes. En el excelente libro “Arte prerrománico y románico en Álava”, los historiadores J. Javier López y Felicitas Martínez añadían a ese camino otra dimensión diferente a la puramente comercial, lo describían así: “San Vicentejo (… ) lugar muy transitado, una ruta de peregrinación que atravesaba por el centro el Condado de Treviño, la que iba desde la capital alavesa hacia Laguardia…”

Las ermitas rústicas de Treviño responden a diferentes orígenes, algunas son el último vestigio de despoblados medievales de los que solo pervivió su iglesia; otras posiblemente ocupen antiguos emplazamientos paganos; incluso las hay, como San Formerio, de carácter defensivo; y el resto fueron construidas sencillamente como lugar de culto o veneración de un Santo local. No se estilan por estas tierras los humilladeros, pequeñas capillas situadas en los caminos para consuelo espiritual de los viajeros que pedían protección durante sus desplazamientos. Puede suponerse por tanto que, en un territorio tan transitado como Treviño, las ermitas cumplieran esta función.
 
La datación del templo:

En este sillar de la fachada oriental de la ermita podemos leer lo siguiente: ”INE DNI NRI EDIFICATUM EST HOC TEMPLUM IN HONORE STI VICENTI ERA MILESIMA CC”. Es decir: “En nombre de Nuestro Señor Jesucristo fue edificado este templo en honor de San Vicente en la era 1200”, lo que equivale en el actual calendario Gregoriano al año 1162. A primera vista podría no entenderse que haya controversia en torno al origen de un templo que cuenta en sus paredes con una placa fundacional, sin embargo, basta acudir a diferentes autores para ver que se barajan distintas fechas. El origen de tal confusión se debe a la erosión del sillar, cuya parte derecha aparece más deteriorada que la izquierda. Federico Baraibar en su libro “Rincones Artísticos” lo interpretó como ERA MILESIMA CLXXXX, lo cual adelantaba a 1155 la datación propuesta:

Facsímil expuesto por Baraibar en “Rincones artísticos”, un dibujo de P. Galdós.

Por si fuese poco, los historiadores alaveses Micaela Portilla y José Eguía, autores del Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria, insinuaron la posibilidad de una tercera centésima en la inscripción: (o MILESIMA CCC), abriendo un abanico que iría desde 1162 a 1261. Hay que hacer notar que Federico Baraibar estudió el sillar a principios del siglo XX, mientras que Portilla y Eguía lo hicieron en los años sesenta. Al margen de interpretaciones subjetivas, es un hecho que la degradación paulatina del sillar ha favorecido las diferentes lecturas. Aún así, con los medios actuales hemos querido fotografiar de cerca la inscripción para comprobarlo. En la ampliación de abajo (dentro del cuadrado rojo) vemos que se aprecian con claridad las letras “CC”; a continuación hay un desprendimiento en la parte inferior, pero de existir otra letra debería verse al menos parcialmente. Eso confirmaría la teoría de la “Era Milésima ducentésima” (1162), aunque es solo nuestra apreciación personal.

Ante el baile de cifras lo normal sería basarse en el estilo para precisar la datación, pero he aquí que nos encontramos ante una rara avis, un ejemplar único en su entorno cuya singularidad no ayuda demasiado. Visto esto, hay cierto consenso en dar por válida la fecha de 1162, aunque por su estilo avanzado hay quien lo ubica a finales del siglo XII o principios del XIII. Estos son, en definitiva, los motivos de la controversia en torno a su fecha de construcción.

 
Origen y descripción:
 
        
                                                                                         
La ermita de la Concepción es un pequeño edificio de 16,60 m de largo por 5,95 de ancho y 10,45 de altura. Está construido a base de sillares de arenisca con hermosas tonalidades rosáceas y presenta una abundancia poco común de marcas de cantero.
Una de sus características es que, aparentemente, se trata de un edificio inacabado en relación con el plan inicial. En él se ve la mano de dos talleres de canteros diferentes. Los primeros, foráneos sin duda, habrían sido unos auténticos virtuosos y se habrían encargado del ábside del templo. En opinión del historiador Agustín Gómez -experto en iconografía medieval- da la impresión de que el artista original habría abandonado repentinamente la obra, dejando capiteles a medio hacer y un templo donde solo se había construido la cabecera. El segundo taller se habría encargado de colocar los diferentes elementos ya iniciados y, en función de esto, acabar el resto de la nave. La diferencia en la calidad escultórica es más que notable entre ambas fases.
 
Sobre ese primer taller de cantería -o maestro cantero- se ha especulado hasta la saciedad, ya que manejaba unos conceptos arquitectónicos y ornamentales casi desconocidos a nivel peninsular y de una complejidad que aún hoy nos maravilla. De él se ha dicho que era buen conocedor de las técnicas constructivas musulmanas; que tenía vinculación con la escultura Borgoñona y que la calidad de su labra estaba al nivel del mejor románico europeo. Las analogías e influencias más repetidas por los expertos son las orientales bizantinas y silenses, llegando a mencionarse Cluny, Santa Sofía de Constantinopla, La Mezquita de Córdoba, etc… Pero sobre todo, hay una similitud muy pronunciada entre los arcos trilobulados de San Vicentejo y una parte de la cripta de la Catedral de Santiago, y lo mismo ocurre con los capiteles interiores. Agustín Gómez opina: “… ello nos permite suponer que el artista que realizó alguno de los capiteles de San Vicentejo pudo trasladarse a Compostela y allí integrarse a los escultores que trabajaron en la cripta”. Cronológicamente sería factible esa vinculación, puesto que la cripta compostelana se inició seis años más tarde, en 1168.  Autores como el profesor Plazaola hablan del “trasiego de artesanos, maestros constructores y monjes desde Borgoña y Languedoc a Compostela”, y de “la transmisión de fórmulas constructivas y modos estilísticos que provocaron influjos en ambos sentidos”. Esto ocurrió no solo en las rutas compostelanas que conocemos hoy día, sino también en aquellas alternativas que tuvieron especial relevancia mientras las tierras de las riberas navarra y riojana y los caminos abiertos de la Meseta se encontraban en poder musulmán, como bien explicaba Micaela Portilla. El valle del río Ayuda fue una de esas opciones seguras y muy transitadas durante aquella época.
 
 
Y ya que citamos a Micaela Portilla, ella describió el ábside de La Concepción de esta manera: “Se despliega en cinco planos separados por contrafuertes, compuestos de medias columnas y pilares poligonales entre ellas; en las medias columnas se apean los trasdoses apuntados de los ventanales que se abren en tres de los cinco lienzos; las pilastras ascienden hasta el tejado, quebrándose para aumentar el vuelo del último cuerpo. Ostentan dos capiteles cada una; uno, casi a la misma altura de los de las medias columnas, en el punto donde la pilastra se quiebra para aumentar el vuelo del muro y otro, en su parte superior junto al alero. Algunos son bellísimos: destacan, a la altura del tejado, los ornamentados con penachos de hojas abiertas, a modo de palmetas muy trepanadas, que recuerdan modelos orientales primitivos; en la parte media de las pilastras son de notar el que representa a un cerdo, colocado sobre una parrilla y el que muestra dos figuras, humanas, muy esquematizadas y en relieve muy plano (…) El constructor encontró una sabia y bella solución para pasar de las caras planas del segundo cuerpo a la curva envolvente del superior…”
 
Esta última frase de la gran historiadora alavesa define bien una de las claves del templo. No siempre es fácil comprender el lenguaje empleado por los expertos en arte, y quizás se nos pueda escapar la complejidad que pretenden describir. Por hacer una interpretación simple, observemosla imagen superior: lo señalado en rojo es el zócalo o primer cuerpo de planta semicircular; en amarillo tenemos el cuerpo central de cinco lienzos en forma poligonal, y en verde, el tercer cuerpo también semicircular. La genialidad del constructor consistió (estética aparte) en encontrar una forma tan armoniosa de pasar del segundo cuerpo al tercero, o lo que es lo mismo, convertir un polígono en un semicírculo mediante el empleo de unas concavidades decoradas sobre las ventanas, a la vez que “quebraba” los contrafuertes para dar sensación de vuelo. Esto último podemos verlo mejor en la siguiente imagen:
 
 
En rojo: las decoraciones que facilitan el paso de las caras planas a la forma esférica del cuerpo superior. En amarillo: el quiebro de los contrafuertes para dar vuelo al alero. Obsérvese que la decoración va magistralmente integrada en cada recurso arquitectónico como si se tratase de simples elementos estéticos. Una ingeniosa y gran obra de arte, sin duda.
En cuanto al resto del templo, lo cierto es que denota un contraste enorme con la cabecera de la que hemos hablado, al mostrar una tosca simplicidad y una arquitectura eminentemente práctica. En la fachada sur se encuentra la modesta portada con siete arcos semicirculares lisos, capiteles muy deteriorados -carentes de valor estético- y una imposta ajedrezada sobre ellos; completa el lienzo un óculo abocinado y un pequeño vano. Como curiosidad, el experto Pedro Novella catalogó nada menos que seis relojes de sol en este lateral. En la parte septentrional se aprecian una puerta y una ventana condenadas, en una posición tal que nos hace contemplar la teoría del historiador Manuel Castiñeiras -profesor de la Universitat Autónoma de Barcelona- con respecto a que el proyecto original pudo contar con un tercer cuerpo de la nave que nunca llegó a construirse:
 
 
Nos merece especial atención la ventana cegada, cuya forma y situación difieren absolutamente del resto de vanos del edificio. Al margen de la peculiar forma de los sillares exteriores, si la observamos desde dentro sorprende su absoluta proximidad a la pared occidental del templo, mientras por fuera se sitúa aproximadamente a un metro y medio del extremo, lo cual da idea de la enorme anchura de los muros:
 
 
Castiñeiras por su parte habla de un “posible acceso truncado a una hipotética torre no construida”, sugiriendo un proyecto similar a San Lorenzo de Vallejo de Mena o Santa María de Siones. En general, todo este lienzo norte nos habla de un aprovechamiento de sillares preparados para un propósito constructivo diferente y que se acabaron adaptando a las necesidades y recursos existentes. Eso sin desdeñar las teorías que aseguran que, en San Vicentejo, nada es casual.
 
El interior por su parte resulta sumamente sencillo. De planta rectangular, consta de una nave de dos tramos y presbiterio; en este se encuentra el cilindro absidal, antaño cerrado por una verja doble y un camarín central. Todo ello está cubierto por una bóveda de medio cañón apuntado, salvo la cabecera, que presenta una bóveda de horno. La estructura descansa sobre arcos fajones que enlazan con comunas triples acabadas en pilastras poligonales. En los laterales destacan dos hornacinas de doble nicho con arcos semicirculares apoyados en una columna central, muy diferentes entre sí en cuanto a riqueza decorativa. Actualmente, a ambos les faltan los parteluces o maineles centrales, que desaparecieron en algún momento sin que se sepa si fueron vendidos o robados. En las siguientes imágenes de principios de siglo XX vemos el conjunto completo, y debajo el aspecto actual:
 
 
 
 
 
Junto al de la derecha (lado oriental) se encuentra una inscripción con los siguientes nombres: “PETRVS, ANDREAS, TOMAS, VICENTI, PANTALONIS, MARINA”. Probablemente se trató de los santos cuyas reliquias se veneraban en tal hornacina, o bien la misma lápida puede ocultar una lipsanoteca encastrada en el muro, como sucede de hecho en otras iglesias. Sobre la de la izquierda podemos ver una hermosa ventana ciega. Con respecto a estas hornacinas, se ha especulado en el sentido de si pudieron ser credenciales o altares laterales. En el primer caso hubiesen servido para depositar utensilios de culto durante las celebraciones religiosas, mientras que la segunda posibilidad fue un recurso relativamente frecuente –a partir de la segunda mitad del siglo XII- en iglesias relacionadas con la Orden de San Juan de Jerusalén y tenían una función más simbólica que práctica.
 
Rodeando el interior del templo, a unos seis metros de altura, puede verse una cornisa sin decoración que al llegar a la cabecera se une a una serie de ménsulas con animales monstruosos, rostros humanos y motivos florales diversos. Algunos autores ven en ellos una alegoría sobre los orígenes de la humanidad y el pecado original, considerándola una secuencia iconográfica de tipo doctrinal. Los capiteles por su parte son de gran tamaño y labrados en un solo bloque, con una talla de finura excelente. Algunos de ellos se quedaron sin tallar con la marcha del primer equipo de canteros y fueron colocados sin terminar.
© Antonio García Omedes. (www.románicoaragones.com)
 
 
Un tesoro en manos privadas:
 
Un aspecto que distinguió siempre a La Concepción fue su más que probable origen laico y nobiliario. Dando por buena la fecha de 1162, su erección se enmarcaría en el periodo de consolidación de los dominios occidentales de Sancho VI el Sabio por Álava y Burgos, lo cual, en opinión de algunos autores, sustenta la teoría de que pudo ser financiada por su aliado alavés elConde Don Vela. Y cierto es que en otras placas fundacionales de templos cercanos (San Juan de Marquínez y San Juan de Treviño) se hace mención al obispo de la época y a su diócesis, mientras en La Concepción se prescinde de tal fórmula. Quizás es la razón por la que el templo careció de cofradía, a pesar de que los habitantes de San Vicentejo se hicieron cofrades de ermitas más lejanas en lugares como Saraso, Imíruri o Burgondo. La Academia Burgense de la Historia y Bellas Artes definió este pequeño santuario como “El Escorial Treviñés”, argumentando que allí celebraban los aristócratas medievales sus reuniones privadas. También se realizaban todos los años -el día de Santiago- las Juntas del Estado Noble de Treviño, alternándose con la Iglesia de Franco y la hoy desaparecida ermita de San Roque en la Villa de Treviño.
 
Manuel Castiñeiras habla de la estrecha vinculación del Conde Don Vela y su familia con las órdenes militares de los Templarios y Hospitalarios. De hecho, tanto los padres de este noble como él mismo pagaban generosas cantidades económicas a tales hermandades, y mantenían juramento de donarles a su muerte caballos y armas. Por otro lado, es sabido que la Orden de San Juan de Jerusalén tenía posesiones al menos en otros cuatro pueblos de la zona. Castiñeiras destaca que el templo de San Vicentejo “…no tiene aspecto de una iglesia rural o parroquial, sino más bien el de un templo propio de una Orden Militar”. En ese sentido hace un paralelismo con otro lugar de asombroso parecido: la iglesia de San Lorenzo de Vallejo de Mena (Burgos):
 
San Lorenzo de Vallejo de Mena (S. XIII)
 
Aparte de la similitud de su ábside con el de San Vicentejo, detrás de la construcción de este templo encontramos a un interesante personaje: Dona Enderquina. Según consta en una inscripción junto a su sepulcro, ella donó este edificio a la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, a quienes estaba muy unida. Y he aquí lo sustantivo, puesto que Doña Enderquina -con vínculos familiares y territoriales en el Valle de Mena- era la esposa de Sancho Pérez de Gamboa,el nieto del Conde Don Vela. Hay que aclarar que, al igual que Treviño, el Valle de Mena fue una ruta de peregrinaje especialmente transitada durante el alto Medioevo, cuando la presencia musulmana en las tierras abiertas del Ebro lo convirtieron en una alternativa segura para los peregrinos jacobeos. Existía entonces un camino que, pasando por Vitoria, llegaba a Villasana de Mena y unía ambos territorios.
 
Si San Vicentejo pudo pertenecer o no a una orden militar solo puede ser objeto de hipótesis, en espera de documentación expresa que lo demuestre. En cualquier caso, de cara a establecer su propiedad durante la edad media sería imprescindible investigar la estirpe de los Vela y sus ramificaciones familiares, muy unidos siempre a los Hospitalarios. En este punto queremos hacer un inciso para destacar que, durante la investigación para realizar este artículo, nuestra sorpresa fue mayúscula al descubrir en el Archivo del Territorio Histórico de Álava la siguiente imagen:
 
 
Lo que vemos en esta vieja fotografía –anterior a la restauración de 1963- tiene todo el aspecto de una lápida sepulcral de origen nobiliario. El símbolo de la derecha podría relacionarse con un escudo de armas, pero el representado en la parte izquierda puede interpretarse de dos maneras: como un anagrama del Cristo protector (Iesus Hominum Salvator) o como un Crismón Templario. No adelantaremos hipótesis. Desgraciadamente no sabemos aún en qué parte de la ermita se tomó esta fotografía, pero la investigación está abierta para determinar tanto el significado como el origen de esta lápida.
 
Hilando con ello, tal y como hemos publicado en nuestra web, recientemente ha sido descubierta una Cruz de Malta en la antigua portada románica de Ochate, el símbolo por antonomasia de los Caballeros de San Juan de Jerusalén. Creemos que ambos elementos podrían estar relacionados y abren una apasionante línea de investigación que hasta ahora permanecía oculta.
 
Cruz de Malta en la antigua portada de Ochate
 
Pero volviendo al aspecto documental, tal vez por su condición de templo privado resulta difícil seguirle la pista a La Concepción a lo largo de los siglos. Son pocas las menciones si nos remitimos a fuentes religiosas, e incluso hemos encontrado en el Archivo de Calahorra un texto que hace suponer un cierto desentendimiento sobre este lugar. Se trata de un documento del obispado de 1885 y dice textualmente: “…hay una ermita en estado ruinoso, y no se usa, llamada por el vulgo de la Inmaculada Concepción; pero según se deduce de algunos escritos tal vez sea San Vicente. Tiene un altar”. Sorprende bastante este desconocimiento, y contrasta con la meticulosidad con que describían otros templos de la zona. En cuanto al Obispado de Vitoria, es muy significativo que no conserve ni un solo libro de fábrica, cuentas o aniversarios de La Concepción, máxime cuando en nuestra investigación sobre la cercana ermita de Burgondo pudimos encontrar abundante documentación que abarcaba varios siglos de historia. Sí que hemos podido hallar alguna breve referencia en los libros de Fábrica y Primicias de la iglesia de San Jorge, parroquia de San Vicentejo. Básicamente son comentarios de los visitadores del Obispado, que tras pasar por San Jorge comprobaban el “estado de decencia” de las ermitas de La Concepción y San Martín; esta última fue la antigua parroquia de un despoblado medieval y hoy ya no existe.
 
Vemos también que en todas las referencias documentales desde mediados del siglo XIX se habla del estado de abandono de la ermita. Por ejemplo Pascual Madoz decía en 1845 lo siguiente: “San Vicentejo (…) tiene 41 casas, una iglesia parroquial (San Jorge), servida por un cura de ingreso; una ermita casi derruida, dedicada á Ntra. Señora de la Concepción…”Enlazando con ello, nos parece muy interesante un artículo de Eduardo de Ontañón publicado en el periódico “El Crisol” de Madrid, el 2, de junio de 1931. En él se criticaba la falta de escrúpulos de algunos anticuarios que, dinero en mano, recorrían el país expoliando el patrimonio histórico ante la pasividad de las autoridades. Todo se personaliza en un tal “Don Diego”, y refiriéndose a San Vicentejo decía lo siguiente:
 
“…así se llega a San Vicentejo, un pequeño pueblo olvidado, casi sin importancia. Un pueblecillo rebujado en las primeras ondulaciones Vasconas.
También a él han llegado los anticuarios. Y el tal Don Diego, formidable escenógrafo de Castilla. Oír su nombre es la más segura noticia de transformación en el paisaje. Por lo visto, se trata de un avispado personaje al servicio de la antigüedad.
-Entonces, aquí hubo una ermita…
- Sí Señor, y la hay todavía.
Allí está, a la entrada del pueblo. Se trata de una antigua iglesia, con la puerta rota, hoy sirviendo de cuadra. Una antigua iglesia por cuya portada asoman labores –en fustes y capiteles- al gusto mozárabe. También por las paredes se descubre algún relieve prerrománico, embutido en el lugar que ocupa, por culpa indudablemente de algún arreglo que se haría hacia el siglo XIII a juzgar por las arquerías del ábside.
El interior, presidido por la primitiva mesa de altar, está adornado por las más finas líneas del románico. Por algún capitel asoma la hoja cárdena; por algún alero el ajedrezado. Pero, en general, es la línea primitiva, la ornamentación pura y escueta, quien preside.
Los pies se hunden en la paja. Por las paredes trepa el renegrido que da la huella del humo. Unos chicos juegan con piedras en la puerta. Pues a pesar de todo, el bueno de Don Diego, desconocido y negociante, ofreció hasta treinta mil pesetas por ella.
- El señor amo le pidió hasta veinticinco mil duros, que ¡hay que ver!...
- ¡Y eso sin la cruz!, agrega el viejo maledicente, el viejo que sabe las cosas en los pueblos y que recuerda que San Vicentejo tuvo una cruz de mucho mérito, recortada en hierro, que ahora la tiene en su casa el cura de Uzquiano, según me dice.
Pero bien. Todos estos tratos entre Diegos, curas y señores amos los desbarató la República viniendo a pie por los caminos de España.
Así lo reconoce mi informador:
- Desde que llegó, no se han vuelto a oír hablar de estas cosas.”
 
Resulta interesante este artículo porque deja claro que, aún utilizándose como cuadra y en pésimas condiciones, existía un “Señor Amo” propietario del templo, lo cual confirma su carácter de propiedad privada también en aquella época.
 
Actualmente la ermita pertenece a la importante familia de los Martínez de Aragón, descendientes del aviador José Martínez de Aragón, quien fuera Fiscal General del Estado, Presidente del Consejo de Estado y Gobernador Civil de Álava durante la II República. También fueron destacados miembros de la familia D. Bruno, Diputado General de Álava;  D. Domingo, Alcalde de Vitoria y Diputado General; D. Gabriel, Senador y Diputado en Cortes, y varios más que ostentaron diversos cargos públicos. Como curiosidad, la Diputación Foral de Álava mantiene un compromiso permanente con la familia Martínez de Aragón, de tal forma que cada 12 de agosto el Diputado General debe asistir en la ermita de San Vicentejo a una misa en recuerdo de D. José y D. Gabriel. Tan peculiar acuerdo arranca de 1963, cuando la Diputación se propuso restaurar la Torre de Mendoza, cercana a Vitoria. Para ello pidió permiso a sus propietarios, las familias Echanove, Rebollo y Martínez de Aragón. Ninguna de las tres se negó, pero esta última pidió que se colocase en la torre una placa en honor a D. José y D. Gabriel, represaliados por los franquistas. Finalmente no se llevó a cabo, pero en compensación se acordó que cada año se honraría su memoria de esta manera con la presencia del máximo representante de la institución foral. Ese mismo año de 1963 la Diputación restauró la ermita a cambio de la cesión de derechos artísticos y culturales, y volvería a intervenir para su conservación en el año 1984.
 
La teoría iniciática:
 
Comenzábamos esta sección hablando de un templo enigmático y misterioso, y lo cierto es que en San Vicentejo se dan todos los ingredientes para trazar hipótesis de corte iniciático: un lugar con ausencia aparente de iconografía cristiana, reuniones privadas de nobles durante el Medievo y un aspecto que ha llevado incluso a prestigiosos historiadores a definirlo como “un edificio propio de una orden militar”.
 
Siguiendo las investigaciones de expertos en iconografía como Ángel Almazán de Gracia y Alberto Quintana de León, vemos que intuyen en San Vicentejo una gran carga esotérica, tanto en lo escultórico como en lo arquitectónico. Algunos elementos son comparados con la ermita de San Bartolomé de Río Lobos, y en ciertos sillares encuentran semejanzas con los grafitis de Chinon. También se da mucha importancia a los números: columnas de 13 sillares bajo los arcos protogóticos; de 17 sillares bajo los trilobulados; 24 capiteles… Pero tal vez lo más interesante sea la sugerencia de que el aspecto inacabado del templo puede ser un recurso hermético que apunta a un lugar de iniciación; algo así como una metáfora del conocimiento interior del ser humano. Quintana nos habla de la introversión, de lo místico, y con su intrigante estilo analiza cada rincón de San Vicentejo en una secuencia que va desde lo arquitectónico a lo humano para luego trascenderlo. Una de sus aportaciones indudables es la observación del llamado “ojo de San Vicentejo”, una curiosidad arquitectónica que había pasado desapercibida y que ningún otro autor había mencionado antes. Se trata de un elemento situado sobre el ábside que, aprovechando un pequeño óculo, crea en torno a él una estructura que conforma un perfecto ojo en piedra:
 
 
 
Si nos fijamos en las imágenes, la “pupila” está formada por dos sillares en forma de embudo, pero lo más curioso es que todo el entramado que lo circunda es cóncavo, con el fin de adoptar la forma de un ojo. Es tal la complejidad de crear una concavidad semicircular en un lienzo liso -sin usar un marco- que puede verse la aparente desorganización de sillares rectangulares en torno al centro. No tenemos constancia de algo parecido en otros templos, más allá de pequeños vanos o ventanas convencionales. Quien lo hizo quiso que pareciese un ojo y para ello se tomó todo tipo de molestias.
 
Haciendo una interpretación propia, podríamos pensar incluso que el vértice del tejado conforma un triángulo en torno al ojo, lo cual daría como resultado un símbolo muy conocido en esoterismo y en la masonería: el ojo de la providencia:
 
 
Pero Quintana va más allá al preguntarse el por qué de ese ojo, y su conclusión es que apunta directamente a otro de los templos emblemáticos de la zona: la ermita de  Burgondo. Al decir que “apunta” no se refiere a que, sencillamente, esté orientado en esa dirección, sino que realizó una serie de mediciones que arrojaron unos resultados cuanto menos sorprendentes. En el año 2008 un topógrafo con más de veinte años de experiencia, Fernando Valledor, se sintió intrigado por este asunto y decidió utilizar la más moderna tecnología para determinar las medidas exactas. El resultado fue éste:
 
En el gráfico podemos ver que la distancia precisa entre San Vicentejo y Burgondo es de 2.000 metros, hallándose ambas en las mismas coordenadas X e Y, a saber: X: 528317, 27 – Y: 4733332,70. Pero la precisión no acababa aquí. Valledor tomó referencia de las ruinas de la antigua iglesia de San Pedro de Chochat, situada junto a Ochate, y determinó unas medidas de 1.012 metros hasta el templo de San Vicentejo y otros 1.012 hasta la ermita de Burgondo. Insistimos: las mediciones fueron realizadas por un topógrafo profesional. Casualidad o no, la ubicación de aquellos tres edificios conformaba un triángulo isósceles perfecto, y en simbología, un isósceles invertido alude a la espiritualidad expresada en la materia. ¿Pudo ser un efecto buscado?
 
Siguiendo por esa línea, resulta llamativo el perfecto haz de luz circular que ese óculo arroja al interior del templo. Ensimismado en la penumbra, uno no puede dejar de mirar el inquietante y lento recorrido de la luz sobre las paredes y los distintos elementos sin que le venga a la cabeza un lugar como San Juan de Ortega, donde la genialidad de un Maestro constructor supo unir el simbolismo de la luz con un mensaje iconográfico intemporal. Son tantas las preguntas…
 
 
Otro elemento que ha llamado la atención en San Vicentejo es la llamada “Pareja hermética o Matrimonio alquímico”, situada en el cuerpo central del ábside y con una fuerte significación figurativa. Esta representación iconográfica se encuentra también en San Bartolomé de Río Lobos, y hay que distinguirla de las alegorías que con frecuencia representan a Adán y Eva. En ella vemos una pareja en la que ambos sujetan la cara del otro en actitud cariñosa:
 
 
Lo apreciamos con mucho más detalle en la siguiente ampliación:
 
Detalle en vertical
 
Siguiendo con el exterior, vemos en uno de los sillares lo que para algunos es una representación del juego del Alquerque (un entretenimiento de canteros medievales) y para otros, como Ángel Almazán de Gracia, podría tratarse de un graffiti de Shambala como los existentes en Chinon (Francia). En cualquier caso es un símbolo presente también en otros muchos lugares.
 
La lista de elementos que han merecido la atención de los expertos en simbología no acaba aquí, por ello nos remitirnos al excelente artículo “Cuando las piedras hablan”, de nuestro amigo y colaborador Alberto de Quintana. Una excelente muestra de esa otra “forma de mirar” al alcance de muy pocos.
 
Antonio Arroyo
 

Visita virtual:

La empresa vitoriana Enklabe Koop.S.T (www.enklabe.net) ha realizado un interesantísimo trabajo topográfico en San Vicentejo basándose en la técnica del Láser-Escáner 3D y Nube de Puntos. Literalmente ha consistido en escanear el edificio para después hacer una simulación en tres dimensiones. El resultado es espectacular y podemos ver como nunca antes los detalles de la ermita tanto por dentro como por fuera:
 
Exterior de San Vicentejohttp://www.youtube.com/watch?v=gj7TjQsLMbQ
 

Para más información:


 

Bibliografía:  
  • “Arquitectura y escultura románicas en la Provincia de Burgos”. J. Pérez Carmona, 1959
  • “Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria”, Tomo II. Micaela Portilla y José Eguía, 1968
  • “Viaje a Ibita”, varios autores, 2,12
  • “Rincones Artísticos”, Federico Baráibar, 1914Antonio Arroyo 
  • “El arte románico en Euskal Herría”. Juan Plazaola, 2,,2
  • “Relojes de Sol de la Diócesis de Vitoria-Gasteiz”. Pedro Novella, 2,11
  • “La escultura románica en Navarra, Álava y su entorno”. Agustín Gómez Gómez, 1996
  • “Arte prerrománico y románico en Álava”. J. Javier López de Ocáriz y Felicitas Martínez de Salinas, 1988
  • “Claves Masónicas de los Maestros Constructores”, Ángel Almazán, 2,,5
  • “Esoterismo Templario”, Algel Almazán, 2,,5
  • “Rutas románicas de Castilla y León”, L.M Lojendio y A.R Rodríguez, 1996
  • “El arte románico en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya”. Agustín Gómez Gómez, 1996
  • “Etnografía del enclave de Treviño I”.Varios autores, 2,,5
  • “Introducción a la Glyptografía y su empleo en La Purísima Concepción de San Vicentejo” Mª. Rosario García Ortega, 1984
  • “Alava artística. La ermita de San Juan de Marquínez. La de La Concepción de San Vicentejo”, Gran Enciclopedia Vasca, Tomo V, 1974
  • “San Vicentejo” José Ignacio Vegas, XIV Congreso Nacional de Arqueología, 1977

Agradecimientos:

 
Mi más sincero agradecimiento por su colaboración en este artículo a: Rocío Montero Prieto, Alberto de Quintana de León, Ángel Ortega López, Fernando Valledor, Archivo Catedralicio de Calahorra, Fundación Sancho el Sabio, Archivo del Territorio Histórico de Álava y Archivo Diocesano de Álava.

 

 
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