Antonio Villegas

Antonio Villegas: ¿desapareció realmente el párroco de Ochate?

Leyendas aparte, jamás hubiese imaginado el bueno de Villegas que casi dos siglos después de su nacimiento aún se hablaría de él. Para el gran público esta historia comenzó (cómo no) con el artículo que Prudencio Muguruza escribió para la revista Mundo Desconocido. En él se decía que el párroco desapareció misteriosamente en 1868 y se le vio por última vez mientras subía a la ermita. A partir de ahí se empezaron a añadir detalles, como que iba a por unas herramientas, que le envolvió una extraña niebla, etc…
 
Lo primero que hay que aclarar es que, efectivamente, Antonio Villegas González existió y ejerció en Ochate, primero como diácono y más tarde como párroco, concretamente desde el 8 de abril de 1863 hasta el 8 de diciembre de 1871, tal y como figura en los libros de fábrica de la parroquia. También ejerció como Abad de la Cofradía de Burgondo, desde el 27 de mayo de 1868 hasta el 16 de agosto de 1871.
 
Antonio Villegas nació el 10 de mayo de 1838 en un pueblecito palentino llamado Liguercena (hoy Ligüérzana). Estudió gramática en Villa Carriedo y literatura en un colegio de Santander. Fue agraciado con la parroquia de Ochate antes de ordenarse sacerdote, puesto que era práctica en la época conceder parroquias a estudiantes avanzados que aún no podían ejercer en toda su extensión el curato mientras seguían formándose. Para el joven Antonio, ser destinado a una remota aldea de Treviño supuso un contratiempo serio. Su verdadera ilusión era sustituir al párroco de su pueblo, Don Pedro Vélez, que se encontraba en los últimos años de su ejercicio. 
 
© A.Arroyo
Parroquia de San Andrés, en Ligüérzana, donde Antonio Villegas soñó con ejercer su sacerdocio
 
Su vida en Ochate
 
Fue así como el joven Villegas llegó a Ochate con solo 24 años y ocupó la casa parroquial anexa a la iglesia, entre la parte trasera de la torre y el pequeño cementerio
 
Tres años después, en junio de 1866, Villegas dirigió una carta al Vicario de Treviño pidiendo que se le destinase a la Diócesis de Burgos, añadiendo que la parroquia de Ochate podrían cubrirla provisionalmente con segundas misas los sacerdotes de Imíruri y San Vicentejo. Sin duda, no había abandonado el sueño de volver a casa algún día y comenzaba a impacientarse.
 
Firma Villegas
Firma de Antonio Villegas en el supuesto año de su "desaparición"
 
Dos años más tarde y sin haber conseguido su propósito, Villegas se dirige nuevamente al Vicario. Esta vez lo hace en un tono casi trágico, pidiendo irse de un pueblo donde apenas tenía qué comer y no se sentía auxiliado por los vecinos. Por entonces tenía una joven sirvienta procedente de La Puebla de Arganzón, y a falta de recursos estaba a punto de tener que prescindir de sus servicios. Aseguraba también estar empeñado en 900 maravedíes. Dicha carta enfada al Vicario, quien tacha de ingratos a los habitantes de Ochate. El obispado le otorga una licencia de dos meses para poder ir a su pueblo y dispone que, hasta la vuelta del párroco, los habitantes se desplacen a otros pueblos vecinos para recibir los sacramentos y oír misa.
 
Villegas regresa a Ochate en el plazo convenido, y un año más tarde vuelve a la carga pidiendo que le envíen a su pueblo por la avanzada edad y el mal estado de salud del cura de Ligüérzana, añadiendo que los vecinos así se lo reclaman. Ante la pasividad del obispado en darle respuesta, Antonio Villegas toma una solución desesperada: comete una indisciplina y se marcha nuevamente a su pueblo, donde al llegar encuentra al viejo cura en agonía y le ve morir a los pocos días. Su acto de rebeldía coincide con las conclusiones de una investigación que el Vicario de Treviño había realizado sobre las supuestas penurias que Villegas sufría en Ochate. Lejos de confirmar eso, el Vicario descubre que durante el pasado año había recibido por parte de los parroquianos la cantidad de ocho fanegas de grano, cantidad suficiente a su entender, y en una carta dirigida al obispado con bastante enfado llega a sugerir que “no sería extraño que Villegas haya ido en busca de esa moza con quien tanto dio que hablar”, refiriéndose a su antigua sirvienta. En el intercambio de correspondencia se aprecia una clara y creciente enemistad entre Antonio Villegas y el Vicario, su superior inmediato.
 
 
Villegas junto a la iglesia de Ochate. Fotomontaje de Julio Corral
 
El día 29 de octubre de 1871 Villegas remite una carta al Obispado (puenteando al Vicario) donde muy arrepentido por su indisciplina  pide perdón, se reconoce pecador y añade que su situación era desesperada y que además su madre estaba enferma. Dice que un vecino de Ochate le prestó lo suficiente para viajar a su pueblo, y aprovecha para rebatir al Vicario de Treviño asegurando que no eran ocho, sino seis, las fanegas de grano las que recibió el pasado año. Tras ello Villegas regresa a Ochate, aunque no por mucho tiempo. A principios de diciembre se marcha para siempre sin dar explicaciones, y aquí es cuando la voz popular comienza a hablar del “cura desaparecido”.
 
Tras la pista de Villegas
 
El 4 de agosto de 1872 el Vicario de Treviño reenvía una carta al obispo escrita por el propio Villegas desde Montevideo, fechada el 30 de junio de ese año. Dicha carta fue, al parecer, remitida al cura de Imíruri. En ella contaba haber llegado a Uruguay el día 9 de mayo, aunque su destino era Buenos Aires (donde tenía un buen amigo, el cura de Armentia) pero tuvo que parar por motivos de cuarentena. Allí dijo haber conocido a un obispo y un clero que le apreciaban, así que se quedó momentáneamente y recibía un sueldo de 20 pesos trabajando de pupilo. También deja una dirección por si quieren escribirle: Calle San José número 130 -1º. República del Uruguay, Montevideo.
 
Varios años después, en 1885, el obispado de Calahorra decidió reabrir el caso Villegas para conocer su situación. El asunto le fue encargado al cura de Imíruri, Don Vicente Pérez. Este se entrevistó en La Puebla de Arganzón con la madre de la sirvienta que acompañó al párroco de Ochate en su aventura americana. A través de ella supo que ambos se habían establecido en Brasil, que gozaban de buena salud y que él ejercía como Vicario. Incluso consiguió su dirección, que era la siguiente: “Ilmo. Reverendo Sr. D. Antonio Villegas y González. Vicario da Villa da Brasil Porto Alegre, Villa Santo Amaro. Mustardas. Imperio de Brasil”.
 
Finalmente, en 1891, Don Vicente Pérez vuelve a escribir una última carta al obispado confirmando que el paradero estable de Villegas y su antigua sirvienta es Mustardas, en la provincia brasileña de Río Grande do Sul. Aquí se acabó su pista y el obispado archivó para siempre el caso.
 
Así pues, lejos de causas paranormales, la desaparición de Antonio Villegas tuvo que ver con la historia de un joven que nunca se resignó a su suerte, y que viendo atrapadas sus ilusiones por la burocracia eclesiástica, decidió escapar de un lugar donde se sentía prisionero y comenzar una nueva vida lejos de su país en compañía de una joven a la que amaba. Hay que aclarar que estos datos no pudieron ser incluidos en el libro “Ochate, realidad y leyenda del pueblo maldito” porque la investigación continuó tras su publicación, y las cartas aquí mencionadas fueron halladas de forma posterior.
 
Como curiosidad, en Ligüérzana aún se conserva la casa natal de la familia Villegas, a muy pocos metros de aquella iglesia en la que jamás consiguió ser destinado. Incluso hay descendientes vivos, como la octogenaria hija de su hermano Eugenio Villegas, una de nuestras más valiosas fuentes para esta investigación y a quien agradecemos enormemente su paciencia y amabilidad.
 
© A.Arroyo
Mª. Paz Ruiz Villegas, sobrina-nieta de Antonio Villegas. Imagen del autor, año 2011.
 
 
 
© Antonio Arroyo. Ochate.com
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