El final del pueblo

Detrás de la desaparición de Ochate subyace uno de los puntales en los que se basa su leyenda negra. Presentar un pueblo azotado por pestes bíblicas donde los cadáveres tuviesen que ser enterrados por las calles parece una buena base sobre la que asentar cualquier teoría paranormal, ¿verdad? De ese modo y sin demasiado esfuerzo, ya tenemos un prólogo inmejorable para iniciar una leyenda.

Lo primero será manifestar una vez más mi perplejidad en relación a esa historia “oficiosa” que tanto se ha divulgado sobre Ochate. Desde el origen del pueblo hasta su desaparición se ha tejido una secuencia ficticia en la que se mencionan legajos de imposible localización, “papeles que se quemaron”, informadores anónimos de noventa años e historiadores sin nombre que, oportunamente, confirman tal o cual cosa. Sobre esa base de humo se sustenta la leyenda que decenas de personas se han lanzado a divulgar a los cuatro vientos sin contrastar una sola palabra. De nada han servido hasta ahora las investigaciones serias que citando fuentes, fechas y datos, ponen las cosas en su sitio. ¡Nunca valoraremos cuánto daño ha provocado el comando “copiar y pegar” de Windows!

Dejando a un lado eso y centrándonos en el objeto de este apartado, hay que empezar hablando de aquel antiguo camino que llegando desde el valle atravesaba los montes y determinó, casi con toda seguridad, la ubicación de Ochate. Junto a él se dispusieron la necrópolis medieval, las dos ermitas que llegó a tener el pueblo y también se halló una estela romana. Hablamos de una de las rutas mercantiles que confluían (pocos kilómetros más adelante) en el Camino Real, la antigua Ruta del Vino y el Pescado que comunicaba los Valles del Ebro con la Costa Cantábrica.

© A.Arroyo

Indicador del GR 38, la antigua Ruta del Vino y el Pescado

Entender la importancia de este camino para Ochate es fundamental, ya que como hemos dicho en anteriores ocasiones, un camino le dio la vida y otro se la quitó. Durante siglos, por el pueblo hubo un tránsito continuo de arrieros con sus mercancías (frutas, quesos, aves, tejidos, hierro...) con todas las consecuencias que podamos imaginar. Pero a medida que los antiguos caminos medievales dejaron de utilizarse, aquellos  lugares que habían florecido a su paso quedaron desubicados. A principios del siglo XIX hubo un cambio radical en toda la zona al abrirse el llamado Camino Real Nuevo de Vitoria a Laguardia, que seguía un trazado mucho más directo y menos escarpado. El paso de arrieros se modificó de tal forma que incluso hubo pleitos entre San Vicentejo y Uzquiano, ya que la taberna sita en el primero de los pueblos quedó a desmano, cosa que aprovecharon los del segundo para abrir una nueva y arrebatarles la clientela. Ochate fue uno de los lugares heridos de muerte por esta causa. De la noche a la mañana se convirtió en una aldea casi aislada y en pocos años la naturaleza reclamó lo suyo, cubriendo de vegetación aquella calzada que antaño soportó el paso continuo de animales y carros.

En la recta final de aquel siglo se comentaba en documentos del obispado la escabrosidad del camino hacia Ochate, ruta que los sacerdotes tenían que cubrir a caballo desde Imíruri. Precisamente este lugar, Imíruri, fue el nuevo hogar elegido por la mayoría de los habitantes que iban abandonando Ochate, hasta el punto que un pueblo se deshabitó a marchas forzadas mientras el otro alcanzaba su máximo histórico en el primer cuarto del siglo XX. A ello contribuyó en gran medida la dura sequía que azotó la zona, así como una serie de importantes granizadas que arruinaron las cosechas. En esa época se constata también un incendio que afectó a la iglesia de San Miguel, muy mermada ya en su uso.

© A.Arroyo

Tramo del antiguo camino en su entrada a Ochate

Quede claro que la pandemia de gripe española de 1918 también pasó por Ochate, pero los registros recogen tan solo un fallecimiento a causa de la misma, concretamente el de una mujer de mediana edad. Al mismo tiempo, en ese año se produjo el nacimiento del que sería el último niño oriundo del pueblo.

Gracias a los testimonios de José Aránguiz y Pedro Ogueta, sabemos que a principios de los años treinta quedaban en Ochate tan solo cuatro personas: el matrimonio Aránguiz, su hijo José y un anciano llamado Eusebio que vivía solo. El paisaje del pueblo en aquel momento era desolador, con solo dos casas habitadas, varias en ruinas y algunas otras empleadas como corrales para guardar ganado. Todas las mañanas acudían al pueblo varios pastores asalariados para sacar las ovejas y regresaban al atardecer. Los Aránguiz tenían algunos animales, al igual que Eusebio, quien se ganaba la vida vendiendo la leche de unas pocas vacas.

Uno de los pastores asalariados ejerció un papel fundamental en la despoblación. Se trató de Jacinto Ramírez, una persona aparentemente perturbada y en ocasiones muy agresiva a quien se consideraba capaz de cualquier cosa. Fueron varias las familias que decidieron marcharse por sus amenazas de muerte, entre ellos los Aránguiz. Y su miedo estuvo bien fundado, puesto que en enero de 1936 Jacinto asesinó brutalmente a otro pastor en una de las casas del pueblo, tras lo cual ingresaría en la cárcel de Miranda.

Así, el solitario Eusebio se mantuvo como único habitante hasta que decidió marcharse a vivir con un hermano a Imíruri. Esto sucedió en 1936, a partir de entonces Ochate fue usado como lugar para guardar ganado y también se siguieron explotando las huertas junto al pueblo. Ya en tiempos recientes decidieron desviar el cauce del arroyo para aumentar el caudal que llegaba a Imíruri.

Los restos de Ochate

Una vez abandonado el pueblo la iglesia permaneció cerrada varias décadas, hasta que en 1964, con el techo vencido y daños irreversibles, el Obispado dio orden de destruir y enterrar las imágenes religiosas que albergaba en su interior. Tal acción era lo habitual para evitar sacrilegios en tallas o figuras sin demasiado valor artístico. Entre lo destruido destacaba la figura de San Miguel Arcángel, y se salvaron las de San José y San Juan de Ortega, realizadas en nogal y custodiadas actualmente en la iglesia de San Román de Imíruri. Ese mismo año se trasladó al templo de Nuestra Señora de la Asunción, de Uzquiano, la maravillosa portada románica que aún hoy sigue siendo una referencia del románico en Treviño. En cuanto al resto de la iglesia, las piedras fueron aprovechadas para construir el actual cementerio de Imíruri.

El destino de las dos campanas se había decidido en 1940, cuando se acordó llevarlas a la ermita de Burgondo y a la iglesia de San Vicentejo, estando la primera de ellas actualmente en propiedad de un particular. En cuanto al interior del templo, a principios de los cuarenta se barajó trasladar el altar a la iglesia de Bajauri, aunque no tenemos constancia documental de que finalmente se llevase a cabo.

Comentario aparte merece el final de la ermita de Burgondo. Su destrucción tuvo que ver con un gran incendio sucedido en 1985, provocado por un mendigo muy conocido en la zona que solía cobijarse en las caballerizas, aunque no hayan faltado las absurdas leyendas que aseguran que fue quemada por unos excursionistas o incluso por una secta. Quedó tan dañada que se decidió derribar en interior para evitar accidentes. Entre las cosas que se salvaron y aún se conservan figuran la “libreta” de la cofradía (libros de fábrica y cuentas), el estandarte, la vajilla y la campana. En el Banco de imágenes pueden verse algunas fotografías inéditas de ello. Personalmente debo decir que me sentí conmovido al conocer a D. Pedro Ogueta, la persona con vida que más y mejor conoció la ermita, y que conserva como una auténtica reliquia la llave de su desaparecida puerta.

Pedro Ogueta

En cuanto al resto del pueblo, sus piedras han acabado formando parte de casas y muros por toda la comarca. En los últimos años, debido a la afluencia de visitantes y a los actos vandálicos, los propietarios de las dos últimas casas que mantenían el tejado han decidido derribar las estructuras para evitar accidentes. Desgraciadamente, de continuar el vandalismo, Ochate pronto será otro de los pueblos de Treviño que se borraron para siempre sin dejar rastro.

 

© Antonio Arroyo. Ochate.com

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